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Alemanes del Wolgaloadrawk
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Hinojo y la dramaturgia Cartel Estación

Un señor –el señor Kessler– abre la reja de una casa y canta, tararea y canta. Se sube a su bicicleta cantando en una tarde de sol. Pero Kessler se detiene junto a nosotros, que estamos sacando fotos a las casas lindantes. ¿A qué le sacan fotos ustedes?, nos pregunta Kessler. A las casas, señor, al pueblo entero le sacamos fotos. Y Kessler nos dice buenas tardes, soy el señor Kessler, descendiente de alemanes del Volga, nací en 1929 en este pueblo y me voy a morir acá. Todos pensamos lo mismo, sin mirarnos todos pensamos que ese era el momento de Kessler, el señor Kessler nacido y muerto en Colonia San Miguel, pequeño bastión de los alemanes que huyeron del maltrato ruso en los márgenes del río Volga. Esta Colonia se fundó en el año 1881, tres años después que la Colonia Hinojo, eso dijo Kessler y recordamos a Hinojo y a Colonia Hinojo. Parados en la calle principal de la Colonia San Miguel, a unos metros de la iglesia, enfrentados a Kessler y a su bicicleta, recordamos a Hinojo y el tren que nos llevó a ese lugar dos noches atrás.

Uno podría afirmar, casi sin poder ser refutado, que Hinojo no existe, y que no existió jamás un lugar con ese nombre. Pero hay algo que me hace dudar, que socava las tranquilas certezas con las que transito lo cotidiano a través de las calles de Buenos Aires: tengo en mi mano un pasaje de tren con destino a Hinojo. El tren saldrá una noche de invierno desde la estación Constitución y el ferrocarril será el puente que nos hará comprobar si un lugar existe o no existe. La imaginación que nos despierta nuestro destino avanzará más rápido que la formación sobre los rieles. Nos sentaremos en el vagón 402 de la primera clase y, minutos antes de la partida, como si la metrópoli nos despidiera, en el hall de la estación una orquesta sinfónica ejecutará más de un tango a la altura del andén catorce, marcando los límites entre el campo y la ciudad. Y recordaremos los bandoneones de esa orquesta mirando a través de las ventanillas del tren. Aunque sea de noche lograremos ver a las edificaciones descomprimirse hacia la pampa, descomprimirse como un bandoneón que deja de fruncirse al final de una melodía.

Kessler siguió conversando, con un pie en un pedal y el otro pie sobre el boulevard de la calle, continuó con una charla que él mismo había iniciado. Mis padres también eran argentinos, pero mi abuelo era alemán, él vino a los siete años y se acuerda de todo lo que pasó. Siguió Kessler, entusiasmado. Catalina "La Grande" se había casado con Pedro, zar ruso, y por esa unión se les permitió llevar alemanes al río Volga. Pero los rusos los mandaban siete años al servicio militar, ¡Siete años! A todos nos pareció demasiado siete años. Y mi abuelo contaba, el abuelo de Kessler que sí era alemán-alemán, la aventura que fue llegar hasta acá, hasta estos campos que les dieron para sembrar y vivir. El tren llegaba hasta Azul, nada más que Azul. Llegaban a Azul y hasta acá vinieron en carreta, ¡Dos días de carreta!, ¿Se imaginan lo duro que era? Dos días en carreta por la pampa eran casi tan duros como siete años de servicio militar ruso, al menos en el tono trágico de Kessler.

El señor Kessler conversaba en la tarde imperceptible. Las calles de Colonia San Miguel estaban vacías, como si Kessler tampoco estuviera allí frente a nosotros, y tal vez ni siquiera nosotros estábamos, como si todo fuera una fantasía, una conversación fantasmagórica que alguien soñó.

De ninguna manera. La historia es de verdad, el señor Kessler y la Colonia San Miguel existen, al igual que Hinojo y Colonia Hinojo. Los invitaría a tomar un café pero esta no es mi casa, acá vive mi hija, yo vivo más allá. No había nada abierto. El café de Kessler era una puerta atractiva hacia la historia de los alemanes del Volga, incluso se convertía en un lugar confortable para mitigar la tarde fría del invierno. Pero esta no es mi casa, yo vivo más allá, Kessler invitaba pero no invitaba. Sabíamos que jamás íbamos a visitar ese lugar más allá, porque un ómnibus vendría a buscarnos antes, porque estaríamos lejos de Colonia San Miguel cuando Kessler se decidiera a invitarnos un café. Nosotros comemos Varenikes, dijo Kessler, que también tomaba café, son como unas empanadas pero con la masa cruda. De la comida pasó a hablar de la gente: Acá eran todos alemanes, pero ahora estamos todos mezclados, hay mucha mezcla. Parecía que la mezcla era un problema para Kessler, pero continuó: En el colegio me enseñaron que Roca esto y que Roca lo otro. Todas mentiras. Me contaba mi abuelo que los pampas, los indios de la zona, eran buena gente, educados. Y Roca los mató a todos. Cuando le faltaba comida a los alemanes los pampas les convidaban, y cuando le faltaba comida a los pampas los alemanes les convidaban. El único problema era que a los indios le gustaban muchos los caballos. Kessler ya se despedía de todos nosotros con un apretón de manos, se subía de nuevo a la bici, pedaleaba, y nos decía las últimas palabras de la tarde soleada volteándose hacia atrás: Es bueno que hayan venido, es bueno que ustedes sepan la historia. Y Kessler se perdió, montado a su caballo se perdió doblando la esquina.

El guarda del tren nos miró asombrados cuando se lo preguntamos. Claro que existe Hinojo, nos respondió mientras examinaba nuestros pasajes. Hinojo, ese lugar que pisamos sólo unos minutos, donde sacamos fotos del cartel de la estación como prueba irrefutable de su existencia, pasó casi desapercibido en esta historia. Porque, finalmente, esta historia no es la historia de Hinojo. Eugene Ionesco le colocó el título "La cantante calva" a una obra dramática sin cantantes y sin calvas. Casi como Ionesco, titulé "Hinojo" a un derrotero, a una historia que lo incluyó mucho más en la imaginación que en la realidad. Pero Hinojo existe, aunque sea en la voz de un guarda de tren, durante una noche de invierno, Hinojo existe.

© Texto y fotos: Martín Di Lisio
martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

Martín Di Lisio nació en Almagro, un 13 de Junio de 1980. Participó del taller literario de Marcelo Di Marco, donde forjó sus primeros cuentos. Hizo seminarios de dramaturgia y talleres de ensayo fotográfico. Obtuvo el primer premio de narrativa en el II Concurso Macedonio Fernández de Lomas de Zamora. De ese mismo concurso fue jurado en la edición 2006. Durante ese año fue finalista en el concurso Contextos de Microcuento. Actualmente se encuentra cursando Ciencias Antropológicas en la Universidad de Buenos Aires.

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