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Colonia San José y el reencuentro
Un calor abrazador se percibe en el aire, solo aliviado por el ventilador obligado que produce el movimiento del coche. A uno y otro lado las siembras muestran manchones de sequía. Hace mucho que no llueve, esto hace pensar que así, el rinde será poco y la penuria mucha. Momento en que mi mente transporta ésta difícil situación a los duros tiempos de labranza de los primeros Alemanes del Volga. ¿Entramos por las Colonias?, pregunta mi primo, mi embriagada mente reacciona e inmediatamente la invade una duda de orientación.
Recorríamos la ruta 85 en dirección Pringles a Coronel Suárez, tramo final de nuestro viaje. Precisamente, faltando unos 12 kilómetros aproximadamente se bifurca la posibilidad de llegada a Coronel Suárez; o se elije seguir por la ruta, o se elije atravesar las Colonias San José y Santa Trinidad, ya que para Santa María, hay que desplazarse 4 Kilómetros a la derecha y hacia el centro de la Provincia de Buenos Aires. Así fue, entramos por la Avenida Alemanes del Volga. Ahora si vemos claramente lo que divisábamos de lejos estando en la ruta, las dos torres majestuosas de la Iglesia San José Obrero que parecen acariciar el cielo. El templo todo, hasta el último detalle, se construyó con el aporte que salió de las manos de la comunidad, si, de estos colonos abnegados. La devoción y necesidad espiritual de esta gente, hizo que cada Colonia tenga su iglesia y de construcción imponente para aquellas épocas. Yo nací acá, en la Matecast, dijo mi tía, haciendo alusión a la calle del mate como todos la llamaban en el Pueblo San José, en contraposición a la calle del café. Luego me enteré con desilusión que, la Matecast ahora se llama General Paz. Seguimos transitando la avenida y sorteando los badenes. El sol entra de pleno en cada casa, mezcla entre las originales construidas por los volguenses y las actuales que igualmente producen uniformidad por la ausencia de edificios altos, esos que de forma caprichosa tapan el sol que nace para todos. Cuanta paz me da todo esto!, sentenció mi primo. El calor, medio día y la predisposición a la siesta refuerzan la sensación de mi primo. Solamente los más resistentes a horarios estipulados, los niños, aún están en la calle jugando. Mirá con que seguridad andan y juegan los chicos en la calle, añadió mi primo. Dejando atrás las Colonias, cruzamos las vías y nos adentramos en Coronel Suárez. Arribados a destino, José Luis y Esther, primos de mi primo "Valdo" el conductor, nos esperan a almorzar. Luego de compartir la comida y una charla amena extensa, nos dejamos seducir por el descanso esperando el nuevo día para encontrarnos con "Tina" mi madre y regresar a la Colonia 2. Tras una noche de sensaciones y pensamientos confusos, el momento sublime de nuestro objetivo había llegado. ¿ Como pasaste la noche?, me preguntó "Valdo", a lo que sin mediar sonido, respondí con un gesto de pesar. Ambos nos encaminamos, recibimos a mamá y nos disponemos a emprender la marcha hacia Colonia San José nuevamente. Nosotros, las mismas personas, en el vehículo con el cual vinimos y mi madre en otro con su chofer. Hacemos el recorrido inverso inicial, por la Avenida Alemanes del Volga llegamos a la intersección de la Avenida San Lorenzo y por ésta, nos dirigimos hacia la última morada de "Tina". En su recorrido, los paisanos de la Colonia en la vereda, nos saludan alzando su mano con gesto amigable. Ah sí! acá todos te saludan, dice mi tía, hecho que me es conocido, pero poco o no habitual de donde provenimos y por no ser habitual, una y otra vez te sacude y sorprende, en éste caso gratamente. En mi momento tan particular, lo percibo como si se tratase de complicidad afectiva, me caló hondo y aumentó mi agobio, pero también en un aspecto sosiego; sentía que mi madre no quedaba sola estando yo a la distancia. Acá todos se conocen, dice mi primo, lo que ayuda a aceptar más mi tranquilidad. Por dentro me digo, llegamos mamá!. Detenemos la marcha y nos acercamos al recinto cruzando una calle que, a escasos metros hacia el Sur, intercepta la "Matecast". El lugar se presenta simple, delimitado por un muro de escasa altura, incluso hasta su portón de entrada se muestra sencillo, que pronto atravesamos y ahí nos recibe su seguro servidor Muy buenas, mucho gusto, soy Rolhaiser, me dice extendiendo su mano, la cual estrecho con singular firmeza de cariño. Personaje perteneciente a una camada generacional que ha hecho del Cementerio Municipal de Colonia San José su obra de vida. Dedicado, atento y con una actividad que parece prolongarse en su descendencia. Ya está todo ordenadito y preparado para recibir a su mamá!, continuaba Rolhaiser indicándome el camino. Abrimos la bóveda familiar número 57 y como celestial, ingresa la claridad de la luz solar iluminando su interior en otro día estupendo.
Con ayuda de varios, ingresamos a mamá, quedando ella en íntima compañía de sus seres queridos. Sí, ahí sí me quebré en un llanto desconsolado. Hay mein Kind!... pobrecito, cuanto la vamos a extrañar, expresa mi tía tomándome del brazo, a la vez que, con un apretón fuerte de mano en mi hombro, mi primo decía Tranquilo Raúl, ella va a estar bien, está con los suyos. Volví para conversar con mi madre en soledad, y en un murmullo imperceptible, le transmití que me quedaba contento de saber que estaría a pasos de su ciudad natal Coronel Suárez, de su Pasman querido y añorado. Con su padres que tanto admiró y respetó. Rodeada de todos estos Alemanes del Volga, de los cuales nunca paraba de hablar y relatar episodios de sus vidas, de amarlos, de pertenecer y sentirse partícipe. Si mamá, se que te sentís mejor hablando en alemán, lo sé! Así será, el 17 de Diciembre de 2007 quedará grabado en el alma, mi madre y yo, reencontramos para siempre Colonia San José. © Autor: |
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